27 de diciembre de 2016

Adrián solía tener costumbres. Por ejemplo todos los días, entre semana, tomaba café en un pequeño establecimiento en el centro de la ciudad. Si acaso, esa era la costumbre menos rara de aquellas que podía llegar a tener. Aunque no las mostraba o solía conducirse de manera tal que nadie sospecharía: como el de comenzar todas las escaleras con el pie izquierdo e incomodarse si no se terminan con el derecho, ponerle mayonesa a todo, toda esa clase de cosas que molestan a una madre y toda esa clase de movimientos repetitivos que muestran impaciencia.

Cuando pequeño no era sencillo para él acomodarse a la situación. Me explico: socialmente estaba perdido. ¿El diagnosis? Se diría que Asperger. Una de tantas clasificaciones con la cual los expertos de la salud mental clasifican a sus pacientes. Pero hay más: un poco de desorden obsesivo compulsivo y otro tanto de más de déficit de atención con un toque de inmadurez. Lamentablemente nunca fue diagnosticado cuando pequeño.

El punto de hablar de las costumbres de Adrián es señalar que ellas le daban estabilidad. Cierto es que nunca desarrollo "buenos" hábitos. Me explico nuevamente: tenía el hábito de leer pero no el de hacer la tarea, el de ir clase pero no el de poner atención, o el de poner atención pero ofrecer un carajo por la clase, el de bañarse pero jamás el de tender su cama, y así en sucesiva escala hasta que podamos afirmar que era, en cierta medida, un desastre como persona.

Entonces queda claro que no tenía "buenos" hábitos pero tenía costumbres como la de tomar café por las mañanas. Lo cual me lleva a pensar que después de todo tampoco tenía muchas costumbres, salvo uno que otro vicio como el café o la cerveza. 

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