1 de septiembre de 2015

Corrían los años de la revolución. Don José era joven y atrevido. Salió a la cantina, pistola y caballo. Se le conocía por su afición a las cartas y porque siempre estaba armando bronca. Y bebió, y jugó también. Hasta que otro ranchero, un tal Epigmenio, le cayó en la trampa, aunque se quedó callado en el momento. Pero se la guardó hasta decírselo al perjudicado. Se armaron de valor y esperaron hasta que José saliera. Lo emboscarían en el camino de Peña Alta.
Borracho y apestoso a mujer, como siempre le decía su madre, montó el caballo pinto de su padre, bestia graciosa y querida en el rancho y con el movimiento de una mano, como sucede con los caballos mejor domados, anduvo a paso firme regreso al rancho.
La noche estrellada, la luna en menguante y alguna que otra canción al aire. Anduvo largo rato, quizá una hora, a paso firme y constante. Entonces lo emboscaron Epigmenio y Salustio. Se hicieron de palabras y Epigmenio soltó la primer bala, y luego dos más, hiriendo a José.

Cayó al piso mientras los otros dos huían creyéndolo muerto.

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