10 de abril de 2015

Durante el mes de abril estuve intentando involucrarme sentimentalmente con Verónica por simple y vulgar aburrimiento. Ella no dejaba de darme oportunidad y en mi situación ser pretendido por una veinteañera no dejaba de ser una encrucijada entre tomar la seriedad de un reverendo o dejarse ir de bruces como señorito de internado.
Puse a disposición de tal empresa toda suerte de artimañas para lograr al final un objetivo un tanto inesperado: no me había hecho de una novia pero había adoptado una hija.
Hermosa como podía lucir a las diez de la mañana, en pijama, con el cabello desaliñado y recogido en cola de caballo, el rostro de fantasma (muy hermoso sin embargo) por la falta maquillaje y la actitud de una niña dormilona en sábado por la mañana realizó su primer teatro justo cuando desayunábamos unas quesadillas en la carretera rumbo a Tepoztlán. Basta decir que si bien fue divertido lidiar con sus caprichos el rostro de diversión o extrañeza de los demás comensales me resultó un tanto incomodo.
Pronto las escenas escalaron a niveles que jamás había experimentado, y si bien es cierto que me excitaba la idea de lidiar con su pueril actitud, mis energías decaían a la vez que ella parecía adquirir aun más a costa mía. El aburrimiento había cedido paso a largos periodos de agotamiento mental y físico.
Hasta la muerte de su padre y aun más durante el duelo. Enloqueció, enloquecimos. Nunca antes había experimentado semejante tormenta. La mujer había dado paso a la niña, y la niña a la ninfa y ésta última a los elementos. Quizá no era el momento más adecuado para tomar distancia pero luego de eso cualquier cosa sería demasiado tarde.
[...]

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