16 de marzo de 2015

Cuentan los filósofos que existían dos dioses sobre cuyo poder recaía un ser en común: el hombre. El primero de ellos tenía poder sobre el espíritu, el segundo sobre la carne.
El dios de lo carnal creó en una ocasión un pequeño demonio de forma animal que realizó muchas travesuras en la aldea del hombre. Tras muchas fatigas el hombre logró atrapar al demonio y de inmediato lo ofrendó al dios espiritual.
El dios carnal pronto comprendió que no había podido tener mejor idea, pues su creación había pasado a hechizar al dios espiritual, hechizando así no los cuerpos pero las almas del hombre. Así cada vez fue creando más y más demonios, en las más diversas formas posibles para que ellos fueran atrapados por el hombre y ofrendados al dios espiritual adquiriendo así poder indirecto sobre el reino del alma.
Con esto, el dios carnal no sólo logró alcance sobre el alma, pero además consiguió fragmentar la unidad divina, adquiriendo ésta tantos matices que el hombre, presto a olvidar, pronto había perdido la perfecta comprensión que en principio tenía de lo divino.
Con diversos demonios fue hechizando aldeas, tribus, países, razas, idiomas, tiempos, regiones y más y más; fragmentando no sólo la unidad divina pero también la humana.

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