14 de febrero de 2015

Los tres sujetos se hallaban sentados a la mesa. Cada cual con su plato de comida y una Victoria destapada. Disfrutaban con avidez de un caldo de camarón o quizá un ceviche pero cada cuanto volteaban, uno de ellos con particular ahínco, hacia sus espaldas; donde en una mesa había cuatro mujeres. Tres de ellas sentadas a la espera de algún cliente, la cuarta maquillándose. Por fin el más ávido de los tres llamó a una de las chicas, ella se levantó y se acercó a él. Intercambiaron un par de palabras, ella regresó a su asiento.
Unos diez minutos después lo mismo. Él la llamó, ella se levantó. Se acercó a él, se reclinó a sus espaldas sobre él, su pecho cayendo sobre el antebrazo del sujeto quien de inmediato le habló al oído. Ella respondió por igual al oído, entonces él levantó la mirada etílica hacía donde ella se erguía y después dejó caer la mirada en picada, cómo observando el cuerpo de ella, como avergonzado por lo que acababa de escuchar, como un niño inseguro; ya con la mirada caída sobre el piso, sacó un poco de valor, levantó de nuevo el rostro y asintió ante la oferta de ella: bailar.

Se levanta y la lleva al centro del salón, a bailar una canción ranchera.

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