17 de enero de 2015

Relato No. 3

Tomó el pocillo de peltre azul y lo llenó con agua del fregadero. De inmediato lo colocó sobre la estufa al momento que abría el pasó de gas y encendía el interruptor eléctrico. Puso un plato blanco sobre el pocillo y se retiró a la sala a esperar que hirviera el agua.
Sobre el sillón se encontraba un libro, sobre una mesa muy sencilla de madera otros cuantos libros y sobre el suelo muchos más libros. No se podía considerar que fuera un gran lector pero se encontraba lejos del común de la gente. Quizá había leído unos cien libros, y le gustaba la cifra. Al menos podía mencionar más de tres libros si se le preguntaba y tenía una lista de contingencia: Sidarta, El lobo estepario y Demián de Herman Hess; El extranjero y La peste de Camus; El Retrato de Dorian Grey de Oscar Wilde; El Perfume se Patrick Suskind y otros noventa que simplemente no recordaba en ese momento.
Tras de la mesa había un espejo de medio cuerpo entero, colgando a un par de centimetros de la pared e inclinado hacía su izquierda, en cuya esquina superior tenía el retrato de una joven de dieciocho años con una cafetera italiana tras ella. La fotografía lucía vieja pues había sido tomada con una cámara análoga y porque tenía un tono marrón general debido quizá a la exposición o apertura de la lente. Para él la chica en la foto significaba nadie. Había estado enamorado de ella unos cuatro años atrás pero ese sentimiento ya no persistía. Sin embargo le encantaba esa foto porque él mismo la había tomado y porque ella lucía especialmente atractiva con aquel vestido sin tirantes que al no salir en toma daba la impresión de estar desnuda. Además se podían ver sus hermosos hombros y la ligera línea de una playera de tirantes que había utilizado al sol que marcaba la piel más tenue y entre la cual colgaba un dije de plata. Él podía pasar horas observando la foto y pensando que ella era hermosa en verdad y que ver ese rostro a diario podría ser considerado una bendición.


El año en que tomó la foto había adquirido la cámara. Era uno de esos cachibaches de los años setenta que en su momento habría sido de lo mejor en el mercado y la compró por sólo doscientos pesos. -Ahora soy un hipster hecho y derecho -se dijo a sí mismo-. Y no tardó en ir a una tienda de fotografía a comprar un rollo a granel de 36 exposiciones para su cámara. Pronto tomaría la única clase que necesitaba para utilizar esa cámara que consistió en una breve explicación de un amigo sobre la exposición y la apertura, sus usos, la manera de controlarlos en la cámara y como lo ideal es mantenerlos siempre equilibrados: a menor exposición mayor apertura y viceversa.
Es cierto que a esa foto le faltaba algo de exposición se decía, pero le gustaba el resultado por que finalmente no le importaba tanto la técnica fotográfica como el hecho de tener una foto donde ella se veía más guapa de lo usual pues sabía que en su momento ella coqueteó para él y eso le daba a la foto algo más especial que la exposición correcta.

El agua había llegado a su punto, retiró el platito blanco con ayuda de un trapo de tela y vertió dentro un poco de café Legal, dejó hervir el agua un poco más, apagó la estufa y regresó al sillón a la espera de que el café sedimentara.

Observó nuevamente la foto. Le encantaba como la había compuesto, sin darle mayor importancia a lo que algún fotógrafo profesional pudiera decir al respecto. Ella se hallaba del lado izquierdo de la foto y en contrapeso y al fondo estaba aquella cafetera italiana de dos grupos y dos lancetas. De pronto una sonrisa se escapó de entre sus labios. Recordaba lo mucho que ella intentaba preparar capuchinos y nunca lo lograba. En algunas ocasiones no producía suficiente espuma, en otras no calentaba la leche al punto necesario y otras más, regularmente a consecuencia de las anteriores, el café se mezclaba con la leche al vertirlo dentro de la copa. Él siempre utilizaba eso para burlarse de ella y de su innegable incapacidad para preparar un capuchino con una presentación decente.
Intentó enseñarle un par de veces.
-Mira, primero preparas el café. Luego tomas leche bien fría, porque sólo esa espumea bien, la viertes en la copa hasta aquí -dijo señalando unos tres dedos abajo del canto de la copa- y espumeas la leche con la lanceta. Pero antes -dijo gravemente- debes de abrir la perilla de la lanceta para sacar el agua que se ha condensado y luego introduces sólo la punta de la lanceta dentro de la leche, vamos, que esta apenas cubra los agujeritos por donde sale el vapor. Sostienes la copa con pulso firme y después abres la perilla hasta escuchar este sonido -un sonido uniforme, entre silbato y agua en ebullición- y sólo vas bajando la copa lentamente mientras la espuma sube y ese sonido se siga percibiendo claro y continuo. Cuando has llegado al tope de la copa cierras de inmediato la perilla antes de derramar la leche, subes la copa y vuelves a abrir la perilla para calentar ahora la leche. Sencillo, leche fría produce buena espuma, leche caliente se mantiene separada del café. Después pones la copa en la barra y comienzas a vertir el café con mucho cuidado para que no se mezcle con la leche. ¿Viste? Ahora sólo le pones un poco de canela en polvo y listo.
Pero ella jamás pudo producir un capuchino decente y pensó que era una ironía que en la mejor foto que tenía de ella tuviera una cafetera italiana a espaldas.

Regresó de nueva cuenta a la cocina y se sirvió su café con cuidado de no vertir granos de café en la taza. Pensó que era una pena no tener una Bialetti o que el vaso de cristal de su cafetera americana se haya roto durante la última mudanza, pero no le importaba demasiado mientras su café no supiera a melaza de corcho.

Había aprendido a apreciar el café a los dieciséis años. Trabajaba para un restaurante y ahí aprendió a preparar capuchinos e incluso lo complimentaban por como lucían sus capuchinos. Pero ella parecía no darle mucha importancia al café. Después de todo necesitas disfrutar de algo para apreciarlo como se merece y así pensó. Él se consideraba un amante del café pero procuraba mantenerse alejado de la pedantería de algunos que llegaban a la ortodoxía de decir que el café no debía beberse bajo ningún motivo, y a riesgo de cometer sacrilegio, con azúcar. Él en todo caso pensaba que el único sacrilegio era la existencia de café solubre y que su inventor se tenía un lugar bien merecido en la entrañas del infierno. Salvo eso y su adversión por la gente que nunca se preocupaba por aprender los principios básicos de la técnica no defendía más que un par de dogmatismos extra y ya.

Como a toda una generación a él también le encantaba la fotografía, pero veía con tristeza como la llamada democratización de la misma amenazaba con casi acabar con ella. Ahora todo mundo tenía acceso a una cámara y era fácil que cualquiera saliera a tomar fotografías y se llamara fotógrafo. Así que a todas luces decidió abdicar de su gusto por la fotografía y lo dejaría de lado hasta que pudiera producir algo con verdadero significado y no estúpidos auto-retratos o interminables paisajes sin chiste ni emoción de tipo alguno. Fue entonces que descubrió un campo que ahora se presentaba virgen: el retrato. Sí, así de sencillo, el retrato era algo así como Grecia, se sabía que existía y que había formado escuela durante mucho tiempo pero estaba totalmente olvidado pues ahora la gente tomaba fotos por ego, vanidad o falso interés artístico.
El retrato por su parte guardaba un encanto particular para él pues si bien conservaba su ego en tanto artifice de la fotografía en cuestión, y en tal tenor creía tener un toque especial para retratar a la gente, el resto se lo dejaba al azar y a su creencia de que cualquier persona podía lucir bien en una foto y en verdad disfrutaba la foto de una persona sonriente más que un amanecer de playa.

Sacó un pequeño álbum de fotos, donde conservaba aquellas que más le habían gustado y de inmediato separó dos fotos más de ella, muy parecidas aunque con encuadres opuestos como en espejo y escogió aquella donde ella se encontraba al aire libre. Estaba sentada afuera del café, recargada sobre una pared y con las escaleras de entrada al local a su izquierda. La luz de pasado el medio día iluminaba todo y ella lucía igualmente guapa aunque menos jovial y con una suerte de digna seriedad. Su cabello estaba recogido en coleta hacía atrás y por momentos daba la impresión de estar molesta con él, aunque recordaba que al menos al momento de haber tomado esa foto no había motivo para que así fuera. Salvo el hecho de haberla encuandrado más allá del primer tercio de la foto, cargando el peso de la foto hacía la izquierda, le parecía que era una foto casi perfecta y disfrutaba por igual la dignidad casi autóctona con que posaba en esta foto como la coqueta complicidad con que callaba en la anterior.

Ahora se podía sentir seguro de que no la quería y nunca la quiso pero le encantaba y hubiera tomado con gusto la tarea de seguirla retratando pero en aquellos tiempos era mejor guardar la cámara y olvidar que ambas, cámara y mujer, tenían una complicidad de la que él disfrutaba sacar provecho.

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