13 de enero de 2015

Mariela no sabe amar

Se miró de frente al espejo, movió el torso y la cadera poniendo su flanco derecho al frente y observó desde arriba sus caderas, regresó a la posición de un principio y observó sus pechos. Son unos pechos muy bonitos, pensó, con pezones rosados y de buen tamaño aunque lucían pequeños en proporción con sus caderas. Toda su piel era blanca, ni siquiera el sol lograba diferenciar sus partes intimas de los demás. Blanca con un muy ligero toque de carmesí, su rostro pequeño y de facciones elegantes aunque sus piernas y cadera contrastaban con la elegante frugalidad que existía de cintura arriba.
Tenía unas piernas enormes y hermosas y una cadera de gran tamaño en consecuencia. Sin embargo para nada se veía deforme, por el contrario la combinación lucía sublime. Era una mujer con un cuerpo muy apetecible para los hombres y además muy hermosa.
Mientras observaba su vientre, su mano izquierda posaba sobre su pecho derecho y su mano derecha caía lentamente desde la cintura hasta su cadera. Atrás se había quedado sin embargo el cuerpo de la preparatoriana de 16 años que algún día fue. Ya la factura de los años comenzaba a notarse en diversas partes de su cuerpo, un poco de piel de naranja en los muslos, un poco de flacidez en los brazos y otro tanto más de pancita.
Con el brazo izquierdo aun cubriendo su pecho, como sosteniendo una toalla inexistente, acercó su rostro al espejo y con el dedo índice restiró un poco la piel de su ojo derecho, abajo lucía una muy tenue cicatriz transversal que siempre olvidaba que estaba ahí.
Se miró atentamente a los ojos, a la pupila y miró los detalles alrededor. Sus ojos eran grises y muy hermosos, bajó la mirada y observó su nariz pequeña y fina y su boca igualmente pequeña y fina. Su rostro era como el de una pequeña muñeca de piel blanca y cabello oscuro.

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