12 de enero de 2015

De la aventuras de un infante o de como darte un trago de tu propio chocolate.

Cuando era pequeño me gustaba salir a jugar al jardín, si a eso se le podía llamar tal, y como de rutina mi madre repetía “Adrián, no juegues ahí, te va a picar un alacrán” lo que para un niño que se encuentra en una etapa que un pedagogo etiquetaría como de “descubriendo el mundo exterior y otras maravillas: extreme edition” claramente carecía de todo valor coercitivo y nadie impediría que yo jugara a ser un coloso que se había decidido a exterminar a la raza hormiga que tanto daño hacía a las plantas de la abuela ni que mi supremacía como tal se viera trastocada por culpa de una madre sobreprotectora como la que me tocó traer a cuestas.
Me armé pues de toda la insensatez, porque valor ya lo tenía, que un niño que apenas descubre el lenguaje puede tener y con tono socarrón (sin astucia ni burla de por medio) contesté que a mi me importaba un reverendo cacahuate y la mitad de otro pues a mi me “gusta que me piquen los alacranes” (para mi vergüenza hay testigos) lo cual despertó vivas carcajadas de mi amada madre y estas a su vez ardiente odio asesino en mi siempre bien torcido corazón.

Diez minutos después mi abuelo andaba al doctor con mi pequeño cuerpo entre sus brazos pues el niño más valiente del mundo no había podido tolerar la picadura de un inmundo alacrán.
Ese día descubrí que no puedes saber que algo te gusta hasta que lo has probado.

Para terminar cabe apuntar que de la manera menos común y contra todo lo judeocristianamente deseable volví a recibir cuatro picaduras más hasta los dieciséis años. Tal parece que cuando has empeñado tu palabra debes atenerte a las consecuencias.

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