8 de diciembre de 2014

La princesa rota

Caer en lugares comunes es lo que hago. Por eso fracasaría si algún día pretendiera entrar al mercado literario. Para todo mundo tendría nada que ofrecer de nuevo. Es curioso, la gente es tan predecible porque suele caer en lugares comunes. Sería interesante realizar un diccionario de lugares comunes.

I. solía caer en lugares comunes. Desde su manera de ofertar un beso hasta la de ofertar un recuerdo para la posteridad. Hasta el día en que comenzó la retirada utilizó los más comunes de los lugares.

Siempre he tenido diente para mujeres como ella. Sabía y decidí de antemano darme contra el muro que ella habría de colocar para su encanto y deseo. Es cierto. Entender, comprender, aprender de eso es lo que intenté por mucho tiempo. Trataba de encontrarla en algún lugar cuando en realidad buscaba algo más.

La encontré en muchas otras mujeres, a pedazos. Que era la única manera en como se podría hallar una princesa rota. Dispersa en el mundo por quien es: una pieza de porcelana común, con los afeites propios de una muñeca y destrozada por el uso o por sí misma que es igual.

Derrepente era explicable. Las piezas en su conjunto mostraban que aquello que en principio lucía como una hermosa pieza de arte única era tan sólo la más común de las muñecas de porcelana. La de menor gusto.

Bajo el encanto de su personalidad, en un sentido diametralmente opuesto a lo que yo deseaba ver, se encontraba una mujer con un gusto vulgar. Que crítico por la incongruencia de aquellos estúpidos mecanismos de defensa que me demuestran que su mal gusto es apenas superado por su soberbia.

Entonces ahí estaba yo, aun atado a ella por todas aquellas ideas que su búsqueda me ayudo a descubrir, pero ciertamente libre de ella y con cierta esperanza cada vez más libre de mi. Ahora el altar lucía toda clase de dríadas sin mayores pretensiones que vivir.

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