11 de noviembre de 2014

Cuento de una tarde de evaluación

La semana pasada fue semana de evaluación de segundo parcial en mi preparatoria. Como todas esas semanas realicé exámenes y revisé firmas a mis amados alumnos. De entre todos ellos, uno, el que menos trabaja, se presentó el día miércoles con firmas en mano; todas del primer parcial. Lo mandé de regreso a buscar más pruebas de su laboriosidad.

Al día siguiente fue a la oficina y me preguntó sobre su evaluación, le dije que jamás vi firmas y respondió que sí, que tenía 25 contundentes firmas y que yo ya las había visto. No sabiendo si era victima de la vejez o de un mequetrefe aseguré que aunque así hubiera sido ya lo había olvidado y requería ver esas firmas nuevamente.

Una hora más tarde, después de supuestamente haberle solicitado a su bienhechora progenitora le llevara las firmas a la escuela, el sujeto en cuestión se presentó con un bonche de hojas arrancadas de un cuaderno y ejercicios hermosamente realizados con brillante tinta morada para terminar contabilizando 29 firmas.

Estupefacto ante la nula sensatez del sujeto respondí:
-¿Te das cuenta que Dana y Arlet, quienes más trabajan, tienen 25 firmas?
A lo que con descaro respondió:
-Profe, son 32, ya pregunté.

Aun más estupefacto y a punto de maldecir a los cuatro puntos cardinales por el descaro y la estupidez de todos nuestros ancestros conjunta en un sólo mocoso de 17 años, pero tratando de mantener la calma sólo acerté a decirle:
-Vuelve en una hora y platicamos.

El sujeto tuvo la certeza de no escuchar mi indicación y volvió cinco minutos más tarde, tratando de realizar un último acto desesperado de sinceridad y aceptación al decirme -Profe, lo cierto es que estas firmas no son...
Entonces irrumpí su ejercicio de falsa aceptación y en la rabia de estar frente a un alguien que trató verme la cara de pendejo cinco veces contesté -Lo sé, sé que no son tuyas y sólo por eso te vas a ir con cero en este parcial.

Supongo que mi rabia era contagiosa pues él también fue sujeto de la misma, y como si hubiera sido víctima de una gran injusticia salió del salón de clase mentado madres y azotando la puerta.

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