22 de agosto de 2012

A Reynaldos


No tuve oportunidad de entablar una gran amistad con él. Sin embargo de alguna manera, Carlos Reynaldos logró marcar mi vida. Lo conocí hace poco más de un lustro en un pequeño café de la ciudad de Cuernavaca, ya contaba con algunos años en su cuenta personal. Hace poco tuve la oportunidad de leer Los Periodistas de Vicente Leñero, fue emocionante leer su nombre en alguna parte del libro. A ese hombre lo conozco pensé. Sabía que había estado presente en Excélsior, en Proceso, en Unomásuno, vaya, que era un periodista de abolengo. Y en verdad así fue.

Tuve la oportunidad de trabajar con él en un pequeño proyecto independiente que en su momento se llamó QRR (Quién Resulte Responsable) y quisiera decir que mi puesto fue quizá uno de los más importantes: yo era el chico que ponía el pequeño periódico de 8 páginas en manos de los lectores (entre cuyas páginas hubo la letra de Rafael Laddaga) el niño gritón o más bien caminón. Cada semana, que era la frecuencia con que dicho periódico se publicaba, yo caminaba por diversos lugares repartiendo el periódico gratuito que recién había salido de la imprenta.

Mi gran misión llegó un sábado cuando me fue encomendado ir a la comunidad de Xoxocotla. Había estallado un conflicto en esa comunidad al sur de la ciudad de Cuernavaca y el domingo siguiente yo sería quien a primera hora tendría que tomar fotos de los acontecimientos: la construcción de un desarrollo habitacional amenazaba los manantiales de agua que abastecían a trece comunidades morelenses. Mi primer corresponsalía, y a la fecha la única.

Así continuó el proyecto, y pronto conocí al caricaturista que participaba en esa publicación: Miguel Ángel. Sobre el evento que referí en el párrafo anterior Miguel dibujó un cartón donde se veía a un asesor despertando al gobernador del estado (Marco Antonio Adame) a la vez que decía “Señor, se han encendido los ánimos en Xoxocotla y no tenemos agua para apagarlos.” Pronto entablaría una amistad con Miguel que nos llevaría a un proyecto conjunto en televisión; en otras palabras mi primer incursión en un medio nacional.
El Reynaldos que conocí fue un hombre que se me presentó distante, con respuestas cortas, sí acaso las había. Quizá no le interesaba ya, polemizar con un mocoso de veinte años de edad. Sin embargo siempre se me mostró como un gran amigo, con alguna platica intrascendente al calor del café; mientras la oportunidad que en su momento me brindó de distribuir QRR terminó influyendo en mi vida de otras formas. En alguna ocasión, cuando corrí el peligro de quedar en la calle, aunque no pudo ofrecerme como tal su mano de ayuda, se preocupó por llevarme con la persona adecuada. En escuetas palabras, ese es el Reynaldos que tuve la oportunidad de tratar.

No recibí con consternación la noticia de su muerte, porque sé que él mismo no la recibió así. Murió en paz con todos y consigo mismo. Quiero así dejar estas palabras no como homenaje a un hombre, sino como crónica de un breve encuentro personal.

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